El movimiento consumerista y su comparativa con otros movimientos sociales.

En estas últimas semanas hemos vivido dos citas relevantes cuyo resultado ha sido muy diferente. Nos referimos al 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) y al 15 de marzo, Día Internacional de derechos de los consumidores.

El pasado día 8 de marzo fuimos testigos de una jornada histórica que desbordó las previsiones del año anterior. Las cifras lo avalan. Más de 1.000.000 de personas salía a las calles a manifestarse en toda España por la igualdad de derechos de las mujeres. Esta manifestación vino precedida de una huelga que poco a poco va sumado. Las reivindicaciones del feminismo están ya en las agendas políticas.
Merece la pena que desde Consumidores Construyendo Futuro hagamos una reflexión sobre este éxito y sus riesgos, comparándolo con el movimiento consumerista.
Las reivindicaciones que han logrado unir a esta gran masa de mujeres y también de hombres, tienen componentes de diversa índole. Uno de ellos es la violencia de género, de gran impacto emocional en la sociedad. Los casos recientes de las violaciones en grupo o los crímenes machistas que día sí y día también conocemos a través de los medios, conmocionan a la sociedad actuando como catalizador. Empezamos a tomar conciencia de que, como telón de fondo, hay un fuerte poso cultural que amenaza a las mujeres y lastra su plena igualdad social.
La vanguardia del movimiento feminista, representado por organizaciones muy conscientes de este grave problema, ha sabido aglutinar los diversos elementos que se conjugan en estas reivindicaciones: el problema de la violencia de género, pero también el de la discriminación laboral, el de la desprotección social, o el del papel subalterno que tienen asignado las mujeres en las instituciones sociales, políticas y económicas.
Podemos decir que el éxito de este movimiento, o suma de movimientos, se ha basado en su capacidad para confluir acudiendo a la raíz del problema. Por ello, su objetivo es ambicioso: cambiar radicalmente las pautas de comportamiento y romper así con un modelo injusto de sociedad.
Evidentemente este propósito, por su dimensión, no está exento de riesgos. Para los partidos políticos resulta muy jugoso sumar las adhesiones, o incluso rechazos, que genera este movimiento, con el único propósito de mejorar su intención de voto sin que nada cambie en el fondo. Existen ya indicios de ello. En algunas manifestaciones llamaba la atención la presencia de políticas en primera línea para hacerse la foto. ¿Contra qué reclaman las representantes de la clase política cuando son ellas en muchos casos las que tienen en sus manos el poder para cambiar y reformar?
Otro de los riesgos que puede sufrir el movimiento que se manifestó el 8 de Marzo es el de reducirlo a una peregrinación conmemorativa que acabe convertido en un romería anual carente de significado. Sabemos que la lucha por mejorar las condiciones sociales requiere de trabajo cotidiano, silencioso y amargo en muchas ocasiones.Y es ahí, en esa lucha sorda diaria, donde el resto de movimientos sociales debemos estar para sumar.
Por eso en nuestro anterior post animábamos a colaborar con un trabajo continuo ¿Se ha hecho algo a nivel asociativo después de la explosión mediática del 8 de Marzo?
Muchos de estos riesgos se han convertido en síntomas crónicos en el “movimiento de los consumidores”. El pasado 15 de Marzo pasó sin pena ni gloria por las agendas mediáticas, arrollado por las protestas estudiantiles contra el “Cambio Climático” que se celebraron ese mismo día y que, por otra parte, convendría analizar ya que estas “primaveras ocasionales” tienen un origen no pocas veces interesado. Pero al margen de ello, no hay duda de que se impone una reflexión crítica sobre el movimiento consumerista, si es que alguna vez existió tal “movimiento”, si por tal entendemos algo que nace desde la sociedad misma.
El “consumerismo” es un hecho social institucionalizado. Son las administraciones públicas y organizaciones políticas quienes tienen las riendas tomadas. Las razones a primera vista son bien sencillas. Son estas administraciones las que financian a las organizaciones de consumidores y éstas actúan como un servicio público externalizado. Pero si profundizamos un poco más podremos adivinar otras razones.
Así como los movimientos feministas constituyen un desafío por cuanto propugnan un cambio del actual sistema de relaciones, las organizaciones de consumidores carecen de motivaciones y de ideas para desear y afrontar una transformación social. De esta forma no tenemos cintura para sortear el papel que nos han asignado de “informadores” y “reclamadores”. Por ello, desde Consumidores Construyendo Futuro proponemos una reflexión.
Es difícil que un movimiento social nazca de la sociedad misma cuando las propias asociaciones tienden a condicionar y limitar la presencia y activismo de sus socios. Las estructuras jerarquizadas, burocratizas, elitistas que se resisten a la regeneracion, de muchas de estas organizaciones restan efectividad a lo que debería ser su mayor componente de fuerza: la organización. Puede así decirse que no hay organización de la lucha, sino un dirigismo vertical en la mayoria de los casos, de unas élites que han hecho del movimiento su instrumento o medio de vida.
Por último, no nos cansaremos de repetir que sin alianzas de igual a igual, permanentes con otras organizaciones sociales, la lucha se verá parcelada y disminuida. Siempre que cambiar el modelo social y económico sea un objetivo que deseemos llevar a cabo como organización.
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